El origen del Peón Bohemio se remonta a la cuarentena del 2020, fue durante aquel sinuoso y complicado periodo de la humanidad, que mi cabeza relacionó por primera vez a un peón de ajedrez, con el concepto de una vida bohemia. La asimilación comenzó siendo un pensamiento más, otro barrilete volando por mi mente tratando de encontrar en el cielo, la manera de entender y asimilar lo que estaba sucediendo. Era un contexto distópico, resultaba muy difícil sobrellevarlo siendo víctima de la constante incertidumbre y la paranoia general. La pandemia desafió inmediatamente el temple de las personas, quebró a miles apenas llegó, y a quienes se predispusieron a resistir, les acechó constantemente con el miedo, la confusión y la angustia, haciendo que sus mentes se vean inevitablemente desgastadas con el silencioso paso del tiempo, que parecía ser tan fugaz, como interminable. Muchas personas, como así instituciones, empresas, y hasta naciones enteras, sufrieron un escalofriante jaque mate por parte del Covid-19 y su oscuro universo arrastrado. Sin economía ni libertad, el juego por sobrevivir se hizo muy difícil. Sobre todo lo fue para mí, pues me encontraba viviendo solo y muy lejos de mi casa en Argentina, ya que no hacía muchos meses atrás, lo había apostado todo para poder irme a vivir a Italia. Con mucho esfuerzo y sacrificio, había logrado establecerme en Venecia, trabajando como bar manager en un lujoso hotel del centro de la ciudad. Pero no había siquiera podido disfrutar lo suficiente de aquella maravillosa experiencia, que la cuarentena me la arrebató, para luego distorsionarme las reglas de juego y sumergirme en una nueva y tenebrosa realidad.
Al inicio sinceramente me mantuve sereno y estable, pues dentro de todo, estaba embriagado por el romanticismo de ver una de las ciudades más bellas del mundo completamente vacía y quieta. Me sentía incluso hasta afortunado, haber visto los canales de Venecia y sus puentes detenidos en el tiempo, fue algo maravilloso. Con mis ahorros pude mantenerme algunos meses en mi habitación, viviendo a base de lentejas y fideos, pero sin nuevos ingresos ni tampoco la ayuda de nadie, no duré mucho atrincherado de aquella manera. Cuando el tiempo susurró fríamente a mis oídos sus intenciones de jaque mate, todo dejó de ser divertido y poético. Al quedarme completamente sin dinero, perdí la posibilidad de seguir pagando el alquiler de mi habitación, y por lo tanto, de repente me encontré sin techo y desorientado, en un mundo con fronteras cerradas y que prohibía moverse libremente, no tenía a dónde ni cómo ir. Estaba perdido, como así millones de personas más. Me generaba mucho dolor y una gran frustración todo aquello, no solo porque se me había arrebatado injustamente algo que me había costado mucho esfuerzo construir, sino por la impotencia de encontrarme en un contexto en el cual la vida no era normal, todo funcionaba al revés. La humanidad entera había sido sometida y limitada a la ridícula improvisación de los diferentes gobiernos, haciendo que el día a día de cada ser humano, sea un naufragio en aguas turbias y peligrosas, con el acoso constante de la peste y tantas otras amenazas desconocidas. El tiempo de la cuarentena que en un principio aparentaba ser solo unos meses, abarcó finalmente años enteros arriba de la mesa. La pandemia comenzó a principios del 2020 y duró hasta finales del 2022. Se superpusieron las estaciones al compás de los problemas y las restricciones, haciendo que sobrevivir, fuese toda una odisea.
Si bien yo tenía en todo momento la opción de volver a mi hogar en Buenos Aires, donde encontraría a mi calurosa familia para protegerme, teniendo mínimamente resuelto dónde dormir y qué comer, preferí anteponerme ante las adversidades y sufrir las consecuencias de afrontar solo aquel apocalipsis en un terreno lejano y hostil. Eso implicó que me convirtiese en un forastero roto y errante, que solo soñaba con el pan de cada día y vivía con la esperanza en constante desafío y desgaste. Fue un periodo largo y difícil, la improvisación me fue llevando por diferentes ciudades, y así fui encontrando nuevas oportunidades y métodos para mi supervivencia. Hubo hambre, frío y desconsuelo, dolores en el cuerpo y en el alma, pero sin embargo, puedo jurar que nunca se me cruzó por la cabeza rendirme y volver a mi casa; la realidad era una pesadilla, pero al menos no encontraba en ella la muerte de mis sueños. Había llegado hasta aquella parte del mundo para encontrar, o construir algo, no sabía qué, pero mi instinto sí, y por eso a la hora de anteponerme a las adversidades, lo hice sabiendo que era parte del camino que se proyectaba hacia delante. Era difícil e hiriente, pero era la dirección correcta, si me hubiese rendido volviendo a casa, hoy no existiría el Peón Bohemio, pues su Rey, en aquella partida, se habría arrodillado para rendirse aun teniendo un mínimo de esperanza. La imagen en mi cabeza de mi propia mano tirando el rey al piso, me daba miedo. No quería condenarme a seguir viviendo con la eterna duda de qué hubiera pasado si lo hubiera intentado.
Aquella lejana idea en la que relacioné a un peón de ajedrez con una vida bohemia, se convirtió con el tiempo en una profunda y sensibilizadora fantasía. Metaforizando y asimilando el contexto como si fuera una partida de ajedrez, de repente comencé a imaginar y narrar en mi cabeza una historia que fue como un big bang, pues dio origen a un universo de “ajedrez mágico”. El Peón Bohemio es un arquetipo con el cual inicié un proceso de quijotización de mi vida, es decir, distorsionar aspectos y cuestiones de la realidad para volcarlos en un mundo de componentes fantasiosos. Eso me permitió encontrar una especie de terapia personal, pues al tratar de ver y entender todo como una partida de ajedrez, llevé la crisis a un campo conocido, donde no solo me siento seguro, analítico y contemplativo, sino también desafiado y con ganas de vencer. Fue entonces que inicié a desglosar un sinfín de interpretaciones, relaciones y conceptos entre la vida y el ajedrez, que realmente me ayudaron muchísimo a mantener mis emociones equilibradas y a mi mente enfocada. Sobre todo me sirvió para evitar el rol de víctima, ya que lejos de detenerse a llorar por lo perdido, en el ajedrez solo importan los recursos que aún están disponibles para los próximos movimientos. En ese sentido, sentía que a mi Rey solo le quedaba un solo peón en juego para defenderlo, mientras que del otro lado, amenazaba con un jaque mate inminente un ejército entero, el mismo que con cierta omnipotencia y crueldad, había cambiado por completo el modo de pensar y accionar dentro del tablero.
Ese único peón, representaba la última esperanza, pues solo en él residía la posibilidad de un milagro. Cuando de repente toda mi mente comenzó a redundar en esa idea, lo único en lo que podía pensar y ocupaba toda mi cabeza, era en ese peón. Instintivamente también mi alma fue la que se involucró, ya que tan solo imaginar al peón, hacía latir fuerte a mi corazón. Me resultaba claro y evidente de que había encontrado la brecha justa para dar vuelta la situación y poner las estadísticas a mi favor.
Hasta ese momento, mi estrategia había sido la de resistir, atrincherándome en diferentes partes del mundo y esperando pasivamente a que todo volviese a la normalidad, considerando que solo así recuperaría los recursos que me habían sido quitados para intentar resurgir de las cenizas. Pero cuando el ajedrez se convirtió en terapia, mi actitud cambió por completo, pues me di cuenta de que el tiempo ya se estaba agotando y todo era cuestión de mover la última pieza en juego: el peón, quien hasta entonces era contemplado como un simple vestigio de lo que una vez, fue una colosal defensa, destinado a resistir junto a su rey el torturante e infinito asedio de aquella putrefacta y oscura corona que había destruido todo en el tablero. Fue como si de repente, aquel devastado y condenado Rey le susurrase al oído al peón que debía arrojar el escudo al suelo y desenvainar su espada, pues le había llegado la hora de avanzar al grito de “victoria y libertad”. Todo dependía de él.
El peón suele ser subestimado, y esa es quizás su mayor ventaja. Mientras algunos lo consideran una pieza débil o de poco valor, hay quienes son devotos de su potencial y admiran los increíbles valores que condecoran su identidad. Desde el nunca dar un paso hacia atrás, hasta el de avanzar como única condición, el peón es quien extiende y defiende los horizontes de la lucha y la esperanza. Lo pequeño que luce por fuera, camufla el infinito que hay en su interior, ya que dentro de su espíritu, el peón alberga una radiante fuerza capaz de gestar un milagro, pues el poder de la metamorfosis, lo puede transformar en el momento culmine de la partida, en reina, alfil, torre o caballo. Es por eso, que más que pequeños guerreros, considero a los peones grandes magos, soldados de la alquimia y profetas de la fe. Mientras haya peones en el tablero, habrá esperanza.
Fue entonces, que en medio de mi solitaria odisea por el mundo en pandemia, pude curar la depresión que arrastraba “por haberme quedado con tan solo un peón”, gracias a que durante un periodo, estuve relacionando a los abrumantes problemas, con el frio análisis del ajedrez. Entre ideas y divagues, logré percibir que aquello no era “solo un peón”, sino que era “el peón para hacer jaque mate”. Mi instinto lo anunciaba y mi alma ya olfateaba los laureles al final del tablero.
Había pasado más de un año resistiendo en la constante lucha diaria por encontrar un refugio, un plato de comida y dos monedas que me puedan servir para el mañana. Mi corazón estaba ya muy cansado, lastimado y entristecido, aferrándose con sus últimas fuerzas a las migajas de esperanza en las que solo mi mente creía. Aquel largo naufragio me hizo atravesar mares ennegrecidos, aguas que salpicaron oscuridad y mareas que absorbieron toda la luz alrededor. Era fácil sentirse perdido, abandonado a la suerte y gracia del destino, siendo una víctima expectante del caos y su dolor. Por el horizonte, el Sol nunca aparecía, era como vivir en una noche eterna, teniendo que aceptar la convivencia con las sombras y lo desconocido. Podría haberme ahogado esperando por algo que nunca iba a suceder, ningún rayo de luz caería desde el cielo mágicamente, nada ni nadie iba a salvarme, estaba solo y yo mismo era mi única opción para franquear la derrota absoluta. Con un cuerpo ya sin fuerzas, y un espíritu muy debilitado, la única herramienta personal que tenía a disposición, era mi creatividad, mi ingenio para ordenar y unir pensamientos y así proyectar posibilidades. En el presente no quedaba nada, pero mirando hacia el futuro, todo era posible. Pensar como si fuera una partida de ajedrez, me permitió ser más analítico que emocional; la tristeza, el victimismo y el sufrimiento por lo perdido, no ayudan a pensar con claridad, no son cuestiones estratégicas, sino todo lo contrario. Mi estado de abandono y resignación era un auto boicot que no estaba reconociendo, no me daba cuenta, pero yo iba a ser el responsable de mi propio jaque mate.
Todo pareció cambiar de repente, de un segundo al otro, aunque si bien era una idea que llevaba meses gestándose en mi cabeza, fue en el momento en que decidí no darle más importancia al sufrimiento que tanto me entristecía, que todo a mi alrededor se percibió como un nuevo mundo lleno de brillo, arte y amor. Hasta ese entonces, la mayoría de mis pensamientos eran absorbidos por el estrés y la tristeza, lo único en lo que podía pensar era en lo mal y cansado que me sentía. Pero cuando el ajedrez se interpuso en mi camino, pude enfriar todas esas emociones y sentir a mi mente liberada. Logré encontrar la calma para meditar con mis reflexiones y regalarle a mí estresada cabeza, un momento de paz, equilibrio y claridad.
El Peón siempre había estado ahí, pero solo cuando estuve tranquilo y en armonía, pude verlo esclarecidamente. Así, pude también entenderlo, proyectarlo y asimilarlo. La fuerza de un individuo se incrementa cuando tiene un propósito, y la esperanza, cuando hay fantasía. Por eso le di rienda suelta a mi imaginación, sumergiéndome en una realidad paralela, donde el mundo era ajedrez, y yo era ese Peón, agraciando al mismo, de una identidad bohemia y soñadora. El camino hasta el final del tablero, lo haría tener una metamorfosis y así desvelar su máximo potencial, que no solo pondría la partida a favor, sino que seguramente, le daría fin a la misma con una épica y memoriosa victoria.
Ese camino imaginario del Peón Bohemio hasta el final del tablero, fue un sol naciente, como aquel que tanto tiempo esperé ver detrás del oscuro horizonte y que nunca llegó. Este nuevo sol, amanecía directamente desde mi corazón. Sentí el calor abrazar todo mi cuerpo, recomponiendo todas mis esperanzas e inflando mi pecho con vigor, la mirada se me inundó de una inquebrantable determinación y el espíritu quedó colmado de fuerza y confianza. Había logrado salvarme de un abismo inventando alas para volar, había dejado de esperar un milagro, para salir en búsqueda de él.
Mientras las fantasías perseveraban la felicidad y el optimismo, dedicaba a la razón el espacio adecuado para seguir asimilando el resto de las cuestiones. El hecho de percibirme como un peón de ajedrez, me ayudó a reconocer que por dentro cargaba un enorme potencial que estaba destinado a manifestarse, y que solo era cuestión de avanzar para lograrlo. Pero aún me quedaba por identificar cuál era el camino que debía seguir en la realidad, qué es lo que representaría el final de un tablero, y a qué llamaría una metamorfosis en mi vida.
Por ese entonces me encontraba en Roma, una ciudad con la cual tengo un profundo lazo sentimental. Hacia lo que había hecho durante los últimos quince meses: supervivir a la pandemia, solo que para ese instante, lo hacía con una sonrisa en el rostro y el alma. Una de las actividades que solía hacer casi todos los días, y que es de mis favoritas, era salir a correr varios kilómetros. Para mi correr es sinónimo de meditar, cuando corro, me concentro en la respiración que entra y sale, y de esa manera, siento que le doy aire a mis pensamientos. Corro para pensar. Hay veces que son simples reflexiones y que en cinco kilómetros se resuelven, pero hay otras, que demandan más tiempo y por ende, una distancia mayor. Nunca voy a olvidar la tarde en que salí a correr para pensar únicamente en el Peón Bohemio y su camino hasta el final del tablero, pues sin darme cuenta, terminé corriendo una media maratón entre los monumentos más emblemáticos de Roma. Fue una especie de epifanía, un momento mágico en el que todo el entorno surreal se ensimismó en mi cabeza, y combinando una especie de alquimia, unificó a la realidad con la fantasía.
Por aquel entonces, Roma estaba desierta, sus estrechas calles de adoquines estaban vacías y alrededor del Coliseo no había nadie. La pandemia había arrasado con el turismo y ante una cuarta oleada de contagios, nadie quería estar fuera arriesgándose, ni a ser contagiado, ni tampoco a ser multado. El confinamiento seguía restringiendo la libertad de las personas, pero sin embargo, salir a correr estaba permitido, y por eso, yo atravesaba aquel entorno como lo hice en Venecia, sintiéndome afortunado por tener una posibilidad única, al coexistir y ser testigo de una realidad fantástica. Esto último, me hizo pensar de que si yo imaginaba que todo se trataba de una partida de ajedrez, tenía que asumir que no era una partida de ajedrez normal, sino una atípica. Las reglas de juego no eran las convencionales, y por lo tanto, tampoco lo era el modo de pensar y accionar. Me cuestioné entonces, si realmente aún existía un tablero, o éste había sido destruido junto al ajedrez que conocía. Llegué rápidamente a la conclusión de que pensar con normalidad y criterio no ayudaba a nada, porque el mundo era un libre albedrio y todo estaba desvirtuado hacia acontecimientos que carecían de racionalidad ¡Roma me lo estaba evidenciando!
Mientras corría intentaba encontrar una nueva perspectiva al asunto general, una que no siguiese los parámetros normales, sino que justamente, surgiera de aquella desconstrucción del mundo que había generado la pandemia. El planeta parecía ser de repente un lugar fantástico, y por eso, pensar en elementos fantásticos, era el modo correcto de sobreponerse al desafío. Con esa premisa, el resto de la cadena de pensamientos que completaron los veintiún kilómetros, derivaron en la concretización del Peón Bohemio como proyecto de vida, un antes y un después.
Al concluir aquel mítico recorrido por la ciudad eterna, tenía todo claro en mi cabeza: ya no existía ningún tablero, ni por lo tanto, tampoco un fin del mismo. Que un peón debía avanzar solo seis casilleros para transformarse, pertenecía a las reglas que habían sido desvirtuadas. Sin embargo, todo lo que cambió fue por fuera, pues lo interno, es inamovible. Por eso mismo, a pesar de no tener un camino claro por delante, la naturaleza e instinto del peón por avanzar no había sido quebrantada, su destino era irrevocable.
Poéticamente, imagine que si no había un tablero para encontrar un fin, aquel peón, debía simplemente avanzar hasta encontrar otro fin. En un mundo de fantasías, un posible fin, sería el fin del mundo. “Un peón que avanza fuera del tablero hasta el fin del mundo”, la idea no era tan solo una idea, sino que era una especie de portal, una invitación a una aventura que cambiaría el resto de mi vida. No dejé de imaginar cómo sería aquel camino, creé sin querer un mundo mágico de ajedrez, donde los personajes eran piezas y sus voces narraban una epopeya que tergiversaba fantasiosamente todo lo que a mí me había sucedido en la realidad. En ese instante, en que todo un infinito se proyectó en mi imaginación, se encendió un fuego en el interior de mi alma que además de sanar todos mis dolores, le dio sentido y valor a cada una de las cicatrices.
Desde niño mi mayor sueño siempre fue ser escritor, y si bien he derramado ya mucha tinta, la realización de un libro no deja de ser el deseo en cada estrella fugaz. Pero no un libro cualquiera, de esos se pueden escribir muchos y fácilmente, sino un libro sensibilizador, uno que logre trascender por si solo en la vida de las personas al removerles positivamente algo dentro de sus corazones. Una enseñanza, una motivación, una sonrisa, cualquier cosa que les regale luz. Porque si algo aprendí en los últimos años, es que más importante que el oficio, es la vocación. Desde ese punto de vista, no se trata solo de escribir, sino por y para qué. Leí una vez a los 20 años una frase de Walt Disney que decía: “de nada sirve ser luz, si no vas a iluminar el camino de alguien”, desde ese momento entendí bien cuál era mi sentido de escribir. El aporte que yo pueda regalar a través de mis palabras escritas, es el verdadero motivo por el que escribo.
El Peón Bohemio ardió como mil soles, expandió a la infinidad los horizontes de mi imaginación y llenó de brillo todos los rincones de mi existencia. Instintivamente lo percibí como algo colosal, demasiado profundo y por lo tanto, lleno de enigmas. De hecho, su gestación no había sido de un día para el otro, sino que estuvo rondando más de un año por mi cabeza hasta finalmente concebirse en una idea clara y concreta. Conservo aún aquel primer boceto en el que dibujé a un peón de ajedrez, con una boina negra en la cabeza y cargando sobre su hombro, un palo con un saco. Me sentí un alquimista. Aquello era la llave, tan solo el comienzo, pues aquel peón, estaba recién dando sus primeros pasos, aquel camino hasta el fin del mundo, era aún un misterio por vivir. Los mil soles ardiendo en mi alma por el Peón, era el primero de los enigmas a resolver: ¿Qué hacer con tanta fuerza, confianza y motivación?
Siguiendo el sentimiento de que todo aquello era una quijotización de mi vida, haciendo de mi batalla personal contra el coronavirus, una partida de ajedrez mágico, comprendí que el resto de mis decisiones estarían condicionadas al proceso creativo del Peón Bohemio y su camino al fin del mundo. ¿Cómo era ese camino? ¿Qué cosas encontraría? ¿Cuáles serían los personajes que conocería? ¿Qué aprendería? ¿Cómo son las cosas afuera del tablero…? La sensación que tenía era como la de asomarse por una ventana y ver un nuevo universo, desconocido por completo, pero con una luminosidad tan fuerte y clara, que permitía ver sus horizontes, que no parecían tan lejanos, no al menos, mientras se los persiga, pues estaban destinados a expandirse hasta el infinito.
Era evidente que yo mismo debía hacer el camino del Peón, que al igual que él, yo también debía avanzar hasta el fin del mundo. Un viaje en el que solo importaría el siguiente paso, manteniendo la mirada en todo momento firme y al frente, con la determinación inquebrantable de que al final, habrá victoria, paz y trascendencia. No iba a ser fácil, pero consagraría el resto de mis días.
Mi espíritu bohemio se hizo cargo de dibujar el mapa y dictar las indicaciones, de una manera tan romántica y artística, que hizo parecer lo imposible, en algo fácil y sencillo. Era abril del 2021 y llevaba ya quince meses de supervivencia ante la pandemia, y si bien en ese momento un gran amigo me estaba hospedando en Roma, yo estaba sin dinero y sin muchas oportunidades. El panorama global mantenía su tendencia de ser cada vez peor, las vacunas aún no habían siquiera llegado y yo me sentía cada vez más ahorcado. Pero la idea de viajar lo cambió todo, porque entre mis escasas pertenencias, tenía una bicicleta, un poco pequeña y no muy buena, pero sus ruedas giraban y avanzaban. Si lograba montarle unas alforjas, una tienda de campaña, y alguna que otra cosa más, estaría logrando resolver uno de los mayores problemas: dónde vivir. Seguir esperando a que las cosas mejorasen y pudiese volver a conseguir un trabajo, era permanecer dentro del tablero de un ajedrez destruido. La idea era salir de aquella realidad y aventurarse por fuera, recuperando como primera cosa la libertad que se me había sido despojada. Libertad que significó cambiar absolutamente mi posición, pues tan solo con ese movimiento, logré hacerle jaque al tiempo, quitándome de encima su peso para ponerlo a mi favor. Ya no era solo un rey y un peón, ahora había dos torres custodiando la retaguardia, dos torres titánicas llamadas Tiempo y Libertad.
Mi espíritu de lucha rebalsaba confianza, coraje y determinación. Yo sentía que durante toda mi vida y mis viajes, me estuve preparando para ese momento, y lejos de tener miedo o dudas, presumía de un enorme entusiasmo. Mi niño interior estaba tomando las riendas de aquella aventura destinada a la fantasía, su inocencia y capacidad de asombro, harían que todos los desafíos fuesen emocionantes y admirables. No veía la hora de cruzar aquel umbral, así empaparme del brillo y magia que hay del otro lado, salir del tablero, emprender un viaje.
En Europa, durante siglos se trazó una enorme red de caminos que van hacia todas las direcciones, aunque la mayoría, “conducen a Roma”. Eso se debe por un lado al Imperio Romano, quien construyó los primeros senderos a lo largo de todo su territorio con fines logísticos y comerciales, y luego al Vaticano, por ser una gran meca de peregrinación para cristianos y sacerdotes en la Edad Media. Pero aquellos que no conducían a Roma, eran los que llamaban mi interés, ya que justamente, yo me encontraba allí. Si estuviera en Argentina, seguramente viajaría a Tierra del Fuego, “el fin del mundo”, pero al encontrarme del otro lado del mapa, debía buscar “otro fin del mundo”. Me resultó algo loco de pensar, pero en facto no solo existe, sino que también hay una milenaria ruta trazada hacia ese punto del mapa. Finisterra es el cabo más occidental al noroeste de España, son costas de acantilados rocosos donde las aguas agitadas del Océano Atlántico marcaron durante toda una era, el fin de un mundo conocido. Nada ni nadie había más allá de los atardeceres, las Américas eran el lecho durmiente del Sol, el hombre aún no lograba perseguirlo y solo podía despedirlo desde el punto más occidental de su mundo. Los celtas fueron los primeros en peregrinar hasta allí, construyendo con piedras las primeras rutas de peregrinación hacia Finisterra varios siglos antes de Cristo.
Desde Roma, la distancia aproximada hasta aquel antiguo fin del mundo, es algo así como 3.500 kilómetros, y la ruta comprende la unión de varios caminos medievales, tales como la Vía Francigena en Italia, la Vía Domizia en Francia, y luego el mítico Camino de Santiago en España. No solo es un recorrido extenso, sino también un constante subir y bajar, ya que entre todas las montañas de por medio, están los Alpes y los Pirineos. Para tal travesía, mi bicicleta resultaba otro desafío, pues no era la mejor ni la más recomendable, pero a mí me bastaban que sus ruedas girasen y avanzasen. Mientras más leía sobre los caminos, más convencido me sentía ante la idea de aventurarme en ellos, ya que el trasfondo histórico, era de una riqueza cultural invaluable. Era un recorrido lleno de ciudades, pueblos, castillos, monumentos y vestigios de antiguas civilizaciones, y en cada uno de esos lugares, un sinfín de historias por conocer, muchas que se podían leer por Internet, y otras, que se debían descubrir. La emoción al soñarlo, era el combustible de mi convicción.
Con la ayuda de algunos valiosos amigos, logré equipar mi bicicleta e imprimir mil adhesivos con la imagen del Peón Bohemio. Aquellas calcomanías, serían mi moneda de canje durante el camino, pues al no tener dinero y especulando que el viaje duraría más de tres meses, necesitaba resolver de qué manera conseguiría la comida cada día. Ya en Roma, antes de comenzar el viaje y regalar los primeros stickers, me bastó para reconocer el enorme nivel de empatía que despertaba en la gente la historia y figura del Peón. Resulta fácil asimilarse al mismo, sobre todo quien es humilde, sencillo y soñador. Y si bien una imagen dice más que mil palabras, muchísimas personas me manifestaron su apoyo y alegría al saber que planeaba escribir no mil, sino miles y miles, ya que el inminente viaje, sería para escribir el libro. El Peón Bohemio se convirtió entonces en el sueño de muchos, y lejos de pertenecerme, comenzó a ser una fantasía compartida. Las personas deseaban que pudiese lograr el viaje para luego conocer la historia completa, que el libro del Peón Bohemio pudiese ser escrito y que su camino sea compartido abiertamente con todo el mundo. Por eso me deseaban con la más profunda sinceridad, la mejor de las suertes, y si podían ayudarme en algo, lo hacían sin dudarlo. Así fue como sin tener presupuesto, el Peón logró equipar mi bicicleta y garantizarme de que no pasaría hambre durante el camino, una de sus primeras paradojas, ya que de la nada, lo consiguió todo. Eso me insinuaba la necesidad de comenzar a fluir a través de conceptos holísticos y espirituales para interpretarlo, pues era evidente que me estaba sumergiendo en una narrativa sumamente profunda y emocional, que ya formaba parte de varias personas.
El viaje que me proponía a realizar era un verdadero desafío, muchos me aconsejaban no tomármelo muy a la ligera y me recomendaban algunas opciones para que sea más fácil, como por ejemplo hacer algunos tramos en tren o el de mantenerme siempre cerca de la costa mediterránea para evitar las grandes alturas de los Alpes. Debo reconocer que la gente no dudaba de mí, sino más bien de la bicicleta, no transmitía ningún tipo de confianza y parecía que iba a romperme las piernas antes de lo que esperaba, sobre todo si osaba enfrentar a las grandes montañas. Sin embargo, yo repetía que mientras las ruedas avancen, y por ende yo también, ya era suficiente para creer. Que si un esfuerzo de más o si uno de menos por allá, no me importaba, yo seguiría los caminos con trasfondo histórico y también aquellos que requerían mayor esfuerzo. El viaje en sí no era tan solo un proceso creativo, sino también una prueba de vida, un fortalecimiento para mi alma, por eso no deseaba más que connotarlo de experiencias y momentos memorables, para que además del crecimiento de nuevas ramas, sea también el afianzamiento de mis raíces.
La búsqueda espiritual en mi rumbo fue marcada por Santiago de Compostela, que se encuentra cien kilómetros antes de llegar finalmente a Finisterra. Hacer el camino de Santiago fue por muchos años un gran sueño por cumplir, y hacerlo desde Roma, significaba redoblar la apuesta de cualquiera de mis fantasías al respecto. Fue entonces que sin querer, antes de emprender el viaje fui bautizado como peregrino de Compostela. Se me entregó una credencial escrita en latín y gracias a ella, fui llamado a transitar aquel camino de una manera muy especial y sensible, llena de amor, gratitud y felicidad. No era un viaje de turismo, era un peregrinaje.
Elegí el 25 de Mayo como fecha para partir, por ser un día de carácter revolucionario. Aquella mañana fui a la Plaza San pedro en el Vaticano con mi bicicleta cargada de cosas. Era el Km 0. Quedaban aún mil por recorrer hasta los Alpes, luego otros mil y pico atravesando Francia hasta los Pirineos, y luego, los últimos mil para llegar a lo más occidente del norte de España. Tenía solo 10 euros en el bolsillo y me restaban 800 peones (adhesivos), ya que 200 se quedaban en Roma. No sentía nervios, sino todo lo contrario, estaba absolutamente esperanzado. Al fin y al cabo, marchar significaba alejarse de un entorno hostil, donde no había apegos ni oportunidades. Desde algún punto de vista, el viaje resultaba consecuente de las nuevas reglas de juego, pues estaba utilizando la crisis a mi favor. El tiempo de repente me sobraba, y también era libre para viajar con mi bicicleta. Avanzar resultaría fácil y elocuente. Solo tuve que dar el primer paso, o mejor dicho, la primera pedaleada.
La historia de aquel viaje la relato en otro libro titulado “Alea Iacta Est”, ya que “El Peón Bohemio” es de género fantástico, y por lo tanto, otro estilo de camino. Ambos libros se complementan, por ser la misma historia contada de dos maneras diferentes. Aquello que sucedió en la realidad, fue condicionado hacia lo más fantástico y extraordinario posible, y quizás por eso, terminó pareciendo otra ficción digna de ser escrita. Aquel camino, de miles de kilómetros, finalmente lo logré luego de cinco meses y un sinfín de experiencias de todo tipo... Pude atravesar Italia a lo largo de la Vía Francigena hasta los Alpes con mi bicicleta, y no solo logré cruzarlos, sino que lo hice dos veces, por haberme desviado antes hacia el pueblo de mis bisabuelos, con el propósito y deseo de reconstruir mi pasado familiar. Luego, cruzando Francia las cosas iban bien hasta Avignon, donde lo inesperado sucedió y me robaron la bicicleta. Lo que parecía el fin, significó lo mejor que me pudo haber pasado, ya que fue experimentar una metamorfosis y continuar el camino como un auténtico peregrino: caminando. Así decidí hacer los últimos mil kilómetros hasta Finisterra, iniciando el camino de Santiago a pie y con casi nada en la mochila. En ese momento, al ver la imagen del Peón Bohemio, me reí de mí mismo, pues parecía haber anticipado mi propio destino sin darme cuenta. Contaba de repente con tan solo la ayuda de una rama a modo de bastón, y podía cargar tan solo unas pocas pertenencias en mi pequeña mochila, muchas de ellas, como la cacerola y la bolsa de dormir, colgando de cuerdas e hilos. Al no tener más mi tienda de campaña, por las noches dormía en los pórticos de las iglesias o en las paradas de autobús. Los adhesivos se me habían acabado hace ya rato, y en medio del viaje era más pobre que nunca, resultaba imposible imprimir nuevos adhesivos para seguir intercambiándolos por frutas o alguna que otra moneda. La gente solo me ayudaba cuando oía mi historia, que cada vez era naturalmente más y más emocionante. Gracias a que había sido tan fiel a la autenticidad de la misma, era fácil de percibir el valor que atesora su narrativa. En el camino de Santiago, cada día conocía nuevos peregrinos, y al compartir con muchos de ellos varias horas caminando, la historia del Peón se introducía con alegría y generaba bellas y extensas conversaciones que alimentaban su construcción. Las preguntas o críticas que me solían hacer, me invitaban a nuevas reflexiones o puntos de vista que se transformaban en buenas ideas. Fue sin dudas la parte más importante y trascendente del viaje, cuando menos tenía y más lleno me sentía. Era el punto en que toda aquella experiencia comenzaba a dar sus enseñanzas más enriquecedoras al alma, revelando mucho de los misterios de tal experiencia. Por eso, a pesar de que me encontraba en el último tramo del viaje, con el cansancio de varios meses peregrinando y exigiéndome un enorme esfuerzo físico diario, es cuando más fuerte me sentía. Así, con una distinguida determinación, llegué sin detenerme hasta Santiago de Compostela, justo en el día de mi cumpleaños. Luego, finalmente culminé mi camino hasta Finisterra, el antiguo fin del mundo. Al llegar allí, monté una nueva tienda de campaña en una de sus costas bañadas por el Atlántico y observé al Sol tramontar. Las aguas del mismo océano que siempre había visto teñirse con los colores del amanecer, eran por primera vez encendidas por los últimos rayos del atardecer. Fue un momento consagratorio, y por eso decidí permanecer durante un mes acampando en aquella playa, para que cada atardecer se convirtiese en un nuevo espacio de meditación. Tenía mucha información para procesar, mucho en lo que pensar y también, una gran necesidad de silencio y soledad. Aquellos atardeceres en el fin del mundo, cincelaron los detalles más sensibles y profundos del Peón Bohemio, pues medraron su esencia con magia y lo llevaron junto al Sol más allá del horizonte. El camino y su providencia, hizo que pueda vivenciar mucho más de lo que me podría haber imaginado en un comienzo, todo parecía haber sucedido de la mejor manera posible. Mi mente estaba llena de información, ideas, recuerdos y personas; entre todo eso, se encontraba hilada la fantástica historia del Peón Bohemio. Haber llegado hasta Finisterra, fue un triunfo, pero lo fue aún más haber tenido con éxito aquel proceso creativo para imaginar qué se encontraría el Peón fuera del tablero, cómo sería su camino y a quiénes se encontraría. En mi cabeza, la mayor parte del libro ya estaba narrado, ya conocía las aventuras, diálogos y personajes del mismo. La emoción por haber creado algo tan grande y potente, cuando tenía tan poco, me rebalsó de felicidad y orgullo la vida. Fue sentir que con aquel viaje, había hecho jaque mate.
En el camino de regreso a Roma consideraba que ya había tenido suficiente experiencia vivida y opté por viajar a dedo y en autobuses. Al llegar nuevamente a la ciudad eterna, lo primero que hice fue dirigirme al Vaticano, para concluir un círculo y encontrarme con un nuevo espacio de reflexión. Era ya el mes de Diciembre, hacia frio y volviendo a recordar que eran tiempos de pandemia, parecía ser que pronto habría un nuevo confinamiento. Además, el tenebroso negocio de las vacunas ya estaba creando un gran caos social y avasallando a las personas. Analizando superficialmente mi situación, parecía estar peor que antes de haberme ido, con el invierno en la puerta, sin dinero, y con el cuerpo muy cansado, volviendo a ser la mayor amenaza, seguir adelante. Estaba de regreso en el tablero. Ya no había camino ni tampoco peregrinos, siquiera mi bici, volvía a estar solo y por mi cuenta. Todo parecía volver a donde se había quedado, como si de nada hubiera servido aquel viaje. Pero en aquel momento, cuando parezco haber vuelto de mi odisea desnudo y pobre, es que metafóricamente, abro la palma de mi mano para enseñar una semilla que traje de aquel camino. Esa semilla representa para mí una riqueza invaluable, pues una vez que sea plantada y crezca hasta su madurez, sus frutos alimentaran con fantasía los sueños de muchas personas. Ese es el placer de mi corazón, y sentir al mismo feliz, es lo que me hace rico.
Desde aquel camino al fin del mundo, tengo en mi vida un nuevo sentido. El Peón Bohemio y su historia, engloba un conjunto de enseñanzas, valores y emociones, que me hace considerarlo algo sumamente valioso y sensible. El desarrollo de su universo, como era contemplado desde un inicio, nunca dejó de expandirse, y siendo el arte su mejor canal de expresión, se llenó de colores y formas de todo tipo. Cada vez más personas fueron llegando a él, y así su crecimiento se vio enriquecido de muchas sonrisas y miradas risueñas. La fantasía general unió historias individuales, y en un colectivo imaginario, todos nos encontramos en la misma asimilación, pues cada quien, en su propio tablero, tiene un Peón Bohemio defendiendo la esperanza. Basta solo tener y creer en un sueño o una meta, para que un nuevo camino se proyecte hacia adelante en la vida. Transitar aquel sendero, hasta llegar a su fin, requerirá esencialmente de fuerza, confianza y determinación, y cuanto mayor sea el esfuerzo, más trascendente será aquella metamorfosis al final del tablero. Una transformación que simboliza el enaltecimiento del alma por haber cumplido su deseo, como si al fin y al cabo, de eso se tratase: avanzar para ser feliz, para creer en un propósito y darle sentido a cada paso. Ser consciente del rumbo del destino, para no solo condicionarlo, sino para que sea parte de la estrategia. Con esto me refiero a que solo echando la suerte, se crean las posibilidades, solo intentando, se puede ganar. El Peón diría: “Nunca, hay que darse por vencido, y siempre, hay que seguir adelante”. Es entonces, que su historia con la mía, sirven de ejemplo y testimonio para inspirar y fortalecer a todos aquellos peones que aún permanecen inmóviles en sus tableros, regalándole a cada uno de ellos, el arma más poderosa de todas: la fe de creer en uno mismo. Fe que mueve y cruza montañas, y que también, es capaz de gestar un milagro. Luego, solo es cuestión de avanzar.
Nicolás Simone
@peonbohemio
